El amor sin forma
Como ama quien no necesita poseer
Adrian Martinez Estelles
Hay una palabra que la sociedad occidental ha reducido a un contrato. El amor. Lo ha empaquetado, le ha puesto condiciones, lo ha convertido en una transaccion donde el valor de lo recibido debe igualar o superar el valor de lo entregado, y donde el miedo a perder lo que se tiene justifica cualquier forma de control sobre el otro. Lo ha llenado de etiquetas: pareja, amigo, familia. Y dentro de cada etiqueta ha instalado un manual implicito de lo que se espera, de lo que se permite, de hasta donde llega el amor antes de convertirse en otra cosa que ya tiene otro nombre.
Yo no creci aprendiendo a amar asi. O mas exactamente: creci en ese entorno pero algo dentro de mi nunca lo asimilo del todo. Desde muy pequeño me relacione con el amor como algo que no necesitaba una categoria para existir. No porque lo hubiera decidido de manera racional, sino porque mi nucleo intrinseco, la curvatura con la que percibo y proceso la realidad, simplemente no encontraba reposo en las definiciones que me rodeaban. El amor que yo sentia no cabia en los moldes disponibles. Y durante muchos años crei que el problema era mio.
No lo era. El problema era que estaba intentando encajar algo vivo en un recipiente muerto.
Lo que encontre en Oriente
He estudiado y practicado tradiciones orientales desde que tengo conciencia de haberlo buscado. El budismo zen, el taoismo, las filosofias del wu wei y del no apego, el Qi Gong, el Taiji, las practicas de meditacion que no buscan alcanzar un estado sino simplemente observar el que hay. Y en todo ese recorrido encontre algo que resono de una manera que ninguna tradicion occidental me habia dado: la idea de que el amor mas profundo no tiene objeto. No se dirige hacia algo para poseerlo. Se expande desde dentro hacia afuera sin necesitar que el exterior lo devuelva con la misma forma.
Eso no significa que sea frio ni distante. Significa exactamente lo contrario. Un monje que lleva años cultivando su mundo interior no ama menos. Ama de una manera que no depende del resultado. Y esa manera de amar, trasplantada a la sociedad occidental del siglo veintiuno, produce una asimetria que no tiene solucion facil porque no hay nadie con quien estar en conflicto. No hay victima ni verdugo. Solo dos formas de entender la existencia que no miden el mismo parametro cuando dicen la misma palabra.
La asimetria del dar desde la plenitud
Mi amor nacio de una decision que tampoco fue consciente en su momento: la de trabajarme a mi mismo como una forma de entregar algo real a las personas que viniera a mi vida. No queria llegar a nadie desde la necesidad. No queria construir una conexion sobre el vacio de lo que me faltaba. Eso me parecia profundamente deshonesto, no porque sea malo necesitar, sino porque usar al otro para tapar lo que uno no ha resuelto en si mismo convierte la relacion en una transaccion disfrazada de afecto. Y yo no queria eso. Queria llegar desde la plenitud, o al menos desde el trabajo honesto hacia ella. Queria que lo que ofreciera viniera del manantial propio, filtrado por mis valores, mis principios, mis virtudes, y no del reflejo de lo que el otro esperaba de mi.
Eso tiene un costo que no vi venir del todo. Cuando uno se desarrolla a si mismo como acto de amor, el estandar desde el que mide la reciprocidad cambia. No porque juzgue al otro, sino porque lo que uno entrega ya no es residual. No sobra. Sale del centro. Y entonces la asimetria se vuelve visible con una claridad que duele sin remedio: lo que yo llamo amor muchas veces no ocupa el mismo lugar en el otro que lo que el otro llama amor ocupa en el mismo. No hay maldad. Hay geometrias distintas. Metricas subjetivas que no miden la misma escala aunque usen el mismo nombre.
El amor sin etiquetas
El amor sin forma que yo siento hacia las personas que me importan no necesita que sean pareja, ni amigos en el sentido convencional, ni ninguna otra categoria del catalogo social. Lo que me define en una relacion no es la etiqueta sino la resonancia. Cuando alguien llega a mi esencia, cuando hay algo en esa persona que vibra de una manera que mi nucleo reconoce sin que la mente lo haya procesado todavia, eso para mi vale mas que cualquier contrato social. Y a esa persona la coloco en un espacio muy concreto dentro de mi: uno donde no hay mascaras, donde no hay protocolo, donde lo que ofrezco es mi mundo mas profundo sin filtro. No lo que quiero parecer. Lo que soy.
El problema es que ese espacio, para existir en dos direcciones, requiere que el otro tambien lo abra. Y la mayoria de las personas no lo abren, no porque sean malos, sino porque no saben que existe ese tipo de apertura o porque el precio de abrirlo les parece demasiado alto. Ver al otro desde adentro requiere estar dispuesto a ser visto desde adentro. Y eso asusta. Porque dentro de uno hay cosas que no se han mirado. Y si permites que alguien que si ha mirado dentro de si mismo entre en tu espacio profundo, puede que vea lo que tu llevas tiempo evitando ver.
Asi que el amor que yo ofrezco, con frecuencia, queda sin destino. No porque no haya personas a mi alrededor. Sino porque las personas a mi alrededor no abren el canal por el que ese amor puede viajar.
La practica del no juicio
La practica del no juicio es parte de como llevo esto. No como un logro permanente, porque seria mentira decir que no juzgo nunca. Sino como una practica activa y diaria de observar el juicio antes de dejarlo cristalizar. Cuando la mente produce una etiqueta sobre alguien o sobre algo que me pasa, yo intento ver ese juicio como un colapso prematuro de la posibilidad. Como cerrar una ventana antes de haber mirado por ella del todo.
Practicar el no juicio no significa no tener criterio. Significa no confundir el criterio con la sentencia. Puedo ver que algo no funciona para mi sin convertirlo en una verdad absoluta sobre esa persona o esa situacion. Puedo colapsar hacia una decision sin clausurar la comprension del otro.
El amor que pasa por el cuerpo
Y esa misma practica la llevo al cuerpo. No solo a la mente. Cuando cocino, cuando como, cuando camino, cuando creo algo con las manos, cuando entreno, cuando medito, cuando canto o bailo sin que nadie este mirando, todo eso es practica. No porque lo haga con solemnidad de ritual sino porque aprendi que la mente no se mueve de verdad si el cuerpo no la acompania. El pensamiento que no se encarna se queda en mapa. Y yo no quiero solo mapas. Quiero haber subido las montañas que dibujo.
Comer conscientemente no es un truco de bienestar. Es el acto de estar presente en el proceso mas basico de sostenerse a uno mismo. Sentir el olor antes de probar. Masticar sin prisa. Notar que le ocurre al cuerpo con cada textura. Es una forma de entrenamiento de la presencia que luego se transfiere a todo lo demas: a como escucho, a como miro, a como proceso lo que me pasa antes de reaccionar.
Cocinar es lo mismo. Cuando cocino con atencion hay algo que ocurre entre los ingredientes, el fuego, el tiempo y mis manos que no es solo quimica. Es una relacion. Y cualquier cosa que yo haga con relacion verdadera tiene la posibilidad de convertirse en amor en movimiento.
Vivir en probabilidad
Vivo en probabilidad. No en certeza. Eso tambien es parte de como amo. No cierro marcos sobre las personas. No las congelo en la imagen que dieron ayer ni en la que dieron hace cinco años. Cada vez que alguien aparece ante mi lo recibo como un campo de posibilidades que no he agotado. Eso tiene el problema que ya mencione: puedo sostener posibilidades que el otro no esta sosteniendo conmigo, y entonces el espacio que yo mantengo abierto existe solo en mi. Pero prefiero ese riesgo al de juzgar demasiado pronto y perder algo real que todavia no habia ocurrido.
El limite como acto de amor
Lo que he aprendido a coste propio es que el acto mas amoroso que puedo hacer por el otro no siempre es ensanchar su espacio. A veces es colapsar el mio. Establecer donde termina mi apertura y donde empieza mi limite. Porque cuando no hay limite, cuando estoy siempre disponible para todos desde mi mundo mas profundo sin distincion, lo que ocurre es que el espacio sagrado se democratiza y pierde su cualidad. Se convierte en algo que el otro asume como acceso garantizado en lugar de como algo que se honra.
Y el amor que nace de no tener limites acaba siendo el combustible con el que otros avanzan mientras yo me quedo estatico, consumido, mirando hacia atras.
Un monje en Occidente
Vivir como un monje oriental en una sociedad occidental no es una metafora romantica. Es la descripcion literal de lo que siento cuando salgo a la calle. La ciudad bombardea con estimulos diseñados para mantener el ego activado, la comparacion viva, el deseo insatisfecho en movimiento constante para que el consumo tenga razon de ser. Y yo camino entre todo eso con una metrica interna que funciona desde otro principio. No desde la escasez que necesita llenarse sino desde la plenitud que quiere desbordarse. No desde el miedo a perder sino desde la claridad de lo que ya soy. No desde la necesidad de ser visto sino desde el deseo genuino de compartir.
Esa asimetria no es superior ni inferior a como ama el mundo. Es diferente. El mundo ama desde sus propias coordenadas y esas coordenadas son legitimas porque nacen de las metricas que ese mundo ha construido con lo que tuvo disponible. Yo no juzgo eso. Lo que si hago es reconocer que esas coordenadas y las mias no siempre producen encuentros. Y que cuando no los producen no hay nada que forzar. El encuentro real ocurre cuando dos metricas se reconocen mutuamente en su diferencia y eligen seguir resonando de todas formas. Sin necesitar que el otro cambie. Sin necesitar que yo cambie. Solo con la voluntad compartida de que el espacio entre los dos merezca ser habitado.
Lo que busco
Eso es lo que busco. No que alguien me complete. No que alguien me salve del aburrimiento profundo que siento ante un mundo que no se pregunta lo suficiente. Busco a alguien que quiera caminar su propio camino con la misma intensidad que yo camino el mio, y que de vez en cuando nuestros caminos se crucen de una manera que a los dos nos deje mas enteros que antes de que se cruzaran.
Mientras ese encuentro no ocurre, sigo cultivando el manantial. Sigo meditando, entrenando, creando, cocinando, cantando, bailando, subiendo montañas en esquis sin instructor, mirando el origen de las cosas, preguntando como y por que y para que. Porque la mejor manera que conozco de amar a quien aun no ha llegado es convertirme en alguien que valga la pena encontrar. Y la mejor manera que conozco de amar a quien ya esta, es estar lo suficientemente presente para ver lo que hay y no solo lo que quiero que haya.
Sin forma. Sin contrato. Sin molde.
Solo esto que soy, entregado desde dentro, completo.
— Filosofia del Arte del Camino —
Adrian Martinez Estelles