Cómo percibo el mundo
La vista desde dentro
Adrián Martínez Estellés
Hay un sutta budista que encontré hace años y que lleva viviendo en mi desde entonces. Dice: ve solo, justo como un rinoceronte. No como metáfora de soledad amarga. Como descripción de una dignidad específica: la del que no necesita manada para saber hacia donde va. El rinoceronte no es gregario por incapacidad de vincularse. Es solitario porque su naturaleza lo exige. Porque la profundidad del terreno que recorre no siempre admite compañia. Y porque hay un tipo de libertad que solo existe cuando no dependes del paso del otro para encontrar el tuyo.
Yo soy ese animal en occidente.
No lo digo con orgullo ni con lamento. Lo digo como descripción objetiva de una incompatibilidad de fondo entre la manera en que mi conciencia procesa la realidad y la manera en que la mayoría de las personas a mi alrededor lo hace. No hay superior ni inferior aquí. Hay métricas distintas, curvando el mismo exterior desde geometrías diferentes. Y cuando esas geometrías son lo suficientemente distintas, el encuentro real no ocurre. Las personas se rozan en la superficie pero no se reconocen en el núcleo.
El principio de todo: la fuente es la raíz
Todo comenzó desde una pregunta que no era una pregunta. Era una sensación antes del lenguaje. La de que algo no encajaba. No en mi, sino en la manera en que el mundo me explicaba lo que era.
Recuerdo haber llegado desde pequeño a la idea de que existen dos tipos de esencias opuestas y complementarias que por sí mismas no pueden existir. La masa sin espacio que la defina no puede manifestarse. El espacio sin ninguna referencia carece de sentido. Esas dos entidades lo son todo a la vez que no son nada por si solas. Y esa tensión irresoluble entre lo determinado y lo indeterminado, entre la forma y el vacío que la permite, no es solo la estructura del universo. Es la estructura de mi mente. Es la estructura de cualquier mente consciente.
Yo soy esa tensión vivida desde dentro.
Mi ego es lo determinado: la forma, la narrativa, la protección de la identidad, el polo que define y delimita. Mi conciencia es lo indeterminado: el espacio que lo contiene, que observa sin necesitar poseer, que permite que la tensión exista sin resolverla prematuramente. Y entre los dos no hay un punto fijo de equilibrio. Hay un péndulo en movimiento perpetuo.
El péndulo y el bosque
Durante años use la imagen del péndulo para entender mis propios estados. El péndulo oscila entre el polo físico y el polo mental, entre el ego que reacciona y la conciencia que observa, entre la emoción que surge y el espacio que la contiene sin identificarse con ella. El punto medio del péndulo, donde estaría quieto, no es el ideal. Es la muerte del movimiento. La vida real ocurre en el arco, en la oscilación, en el ir y volver.
Lo que aprendí es que el problema no es estar en cualquiera de los extremos. El problema es no saber que estás en uno. Cuando el péndulo sube hacia la conciencia despierta, hacia los estados de alta claridad y presencia, la energía que eso requiere es proporcional a la altura que alcanza. Y lo que tiene que suceder después, necesariamente, es la bajada. No como fracaso. Como física. Como la misma ley que hace que todo lo que sube, si no tiene más impulso, desciende.
La resistencia a esa bajada, el autocastigo por necesitar descanso, por no poder mantener eternamente un estado de alta conciencia, eso es la fricción que frena el péndulo y en algunos casos no lo deja ni moverse.
Pero hay algo más que aprendí sobre el péndulo que tardé más en verbalizar: el punto de equilibrio real no está en el centro geométrico del arco. Está en la capacidad de salir del punto donde estás y observarte desde fuera. Eso es la perspectiva en tercera persona. Verse a uno mismo como si fueras otro. No desde el juicio frío, sino desde la comprensión desapegada. El bosque que te permite ver el árbol que eres. Sin ese vuelo hacia afuera, el árbol solo puede verse a sí mismo desde dentro, y desde dentro no se ve el conjunto ni el terreno ni la dirección hacia la que crece.
Meditar no es lo que la gente cree
He visto cómo el concepto de meditación ha sido reducido a una técnica de relajación, a una práctica de moda, a algo que se hace veinte minutos por la mañana y se cuenta en Instagram. Y entiendo la frustración de quien busca algo real dentro de ese espacio y solo encuentra superficie.
Para mi meditar es un estado, no un acto. Hay herramientas que ayudan a entrar en el, pero las herramientas no son el estado. El estado es cuando el cuarto principio, el no pensar y no razonar, ha disuelto suficientemente el ruido del ego como para que el tercer principio, el pensar y razonar, pueda operar sin estar anclado a las emociones, deseos e impulsos del yo.
Dicho de otra manera: primero bloqueas el ruido. Centras la atención en la respiración, en los sentidos, en el cuerpo. Reduces el volumen del ego hasta que el espacio interno se ensancha. Y cuando estas suficientemente dentro de ese espacio, cuando el péndulo ha salido de la orbita del ego, activas de nuevo el razonamiento pero ahora desde un lugar diferente. Desde fuera de la caja. Desde la perspectiva del bosque sobre el árbol.
En ese estado puedes analizar tu pasado sin ser el pasado. Puedes planear tu futuro sin estar ya en el. Puedes ver tus emociones como esferas independientes sin que te arrastren. Y eso no es disociación. Es exactamente lo contrario: es presencia total pero sin identificación.
Es como cruzar la atmósfera y salir al espacio. Desde fuera, el planeta que eras dentro se ve entero. Y desde ese punto, vuelves a pensar. Pero ya no con el ruido de quien está atrapado dentro de la atmósfera.
La conciencia como herramienta y la percepción como práctica
No separo la meditación formal de la vida cotidiana. Para mi meditar es también cocinar con atención completa. Sentir la textura de los ingredientes, el olor que cambia con el calor, el momento exacto en que algo está listo sin necesitar un temporizador. Es una forma de presencia que no requiere postura específica ni tiempo separado del día.
Comer conscientemente es lo mismo. No como disciplina ascética sino como acto de estar donde estás mientras haces lo que haces. La boca que nota la temperatura, la acidez, la dulzura, la textura. Sin estar simultáneamente en otro lugar dentro de la cabeza. Ese tipo de presencia entrenada en lo pequeño es lo que se transfiere luego a lo grande: a cómo escucho, a cómo miro, a cómo proceso lo que me pasa antes de reaccionar.
Creo en el movimiento del cuerpo como extensión del movimiento de la mente. Cuando me muevo físicamente, cuando entreno, cuando esquío pendientes que me dan miedo, cuando camino con un bastón mientras pienso, algo en el circuito interno se ordena de una manera que la quietud no produce. Mi mente necesita que el cuerpo la acompañe. No como soporte externo sino como parte del mismo sistema. El pensamiento que no se encarna queda en mapa. Y yo no quiero solo mapas de montañas. Quiero haberlas subido.
Vivir en probabilidad: la forma más honesta de mirar
Una de las cosas que más me distingue de la mayoría de las personas con las que comparto el mundo es que no colapso mis juicios antes de tiempo. Vivo en probabilidad, no en certeza.
Esto tiene un precio que ya conozco bien: puedo mantener espacios abiertos sobre personas, situaciones y posibilidades que el otro ya cerro hace tiempo. Y entonces soy yo el que sostiene una expectativa que ya no tiene reciprocidad. Pero prefiero ese riesgo al contrario: al de juzgar demasiado pronto y clausurar algo que todavía no había ocurrido del todo.
Siempre me hago tres preguntas antes de colapsar hacia un juicio: ¿cómo?, ¿por qué?, ¿para que? Teniendo en cuenta las circunstancias, las personas involucradas, el entorno, la historia. No busco la respuesta correcta. Busco la respuesta más honesta con lo que hay, sin añadir lo que me gustaría que hubiera.
Y cuando colapso, colapso sobre hechos. No sobre palabras. No sobre intenciones declaradas. Sobre acciones. Sobre lo que alguien hace con su tiempo y su energía cuando nadie está mirando. Esa es la métrica real de cualquier cosa: lo que una persona hace, no lo que dice que hace o lo que cree que es.
El estado sin forma como origen de la comprensión
Hay un estado que he alcanzado pocas veces y que es difícil de describir sin que suene a misticismo barato. Es lo que ocurre cuando el desapego del ego llega a un nivel suficiente como para que la separación entre observador y observado empiece a disolverse. No desaparece del todo porque si desapareciera del todo ya no habría nadie para registrarlo. Pero se vuelve tan fina que lo que queda es una percepción sin filtro, sin el ruido del yo que interpreta.
En esos momentos he entendido cosas de un golpe que luego he tardado meses en articular en palabras. Como si la comprensión llegara antes que el concepto. Como si el cuerpo supiera antes que la mente nombre. Y lo que siempre emerge de esos estados es la misma intuición que está en el origen del MCMC y del Arte del Camino: todo es lo mismo expresado en diferentes formas y estructuras. El universo, el ser humano, la vida, las sociedades, yo respirando, tú leyendo. Todo son dos tipos de energía estructuradas en diferentes formas que se permiten la existencia mutua.
Eso no es una creencia. Es lo que siento directamente cuando el filtro del ego se adelgaza lo suficiente. Y esa experiencia directa es lo que me hace confiar en el modelo no solo como construcción intelectual sino como descripción de algo que he vivido desde dentro.
La asimetría de ser esto en este mundo
Lo que describe todo lo anterior produce una asimetría que no tiene arreglo fácil. Cuando uno ha desarrollado la capacidad de leer el interior de las personas a través de lo que proyectan hacia afuera, cuando uno ve el reflejo de lo que hay dentro en cada gesto y cada necesidad de validación, lo que ve con frecuencia no es malo ni bueno. Es vacío. Un vacío que se tapa con capas de identidad construida hacia afuera: roles, máscaras, etiquetas, necesidades de estar por encima.
Y vivir en una obra de teatro siendo el único sin disfraz cansa de una manera muy particular. No porque uno quiera rendirse. Sino porque la autenticidad en un mundo de teatro produce una soledad específica: la de estar completamente rodeado y seguir completamente solo.
El rinoceronte del sutta no vaga en solitario porque haya fallado en conectar. Vaga solo porque su naturaleza y su dignidad lo requieren. Porque hay cosas que solo ocurren en soledad. Porque el trabajo más importante de cualquier existencia es el trabajo que uno hace consigo mismo, en el silencio donde nadie puede entrar a menos que sea invitado.
Yo soy ese animal. No mejor ni peor. Diferente. Y el mundo que habito es el mismo de todos, visto desde una óptica que muy pocas veces encuentra espejo.
Pero eso no me hace menos. Me hace más responsable de lo que construyo dentro, porque es lo único que nadie puede quitarme.
«No busco entender el universo desde fuera. Lo reconozco desde dentro, porque somos la misma tensión en distintas escalas.»
— Filosofía del Arte del Camino —
Adrián Martínez Estellés